ANA PAULA SANTANA 


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Una palabra se asienta en el paisaje

Enero 2026
PALMA Galería
Guadalajara. 


Una cromática del sonido

¿Cómo se comunican los cuerpos de tierra? ¿Hablan, acaso, con la voz de la pedrera, de las lajas recién extraídas? Luego, los minerales viajan, ¿canta el vientre del pozo su vacío? Cada laja es un tono que devora el espacio en la rompiente.

Los territorios no piensan con palabras sino con óxidos, con fracturas. Hay una voz debajo de las voces, debajo de la tierra, una voz-precipicio. Ana Paula Santana desmenuza los parajes hasta componer una escala cromática de sierras y de bosques de pino. Todo el eje neovolcánico mexicano parece ponerse de pie y respirar en estas piezas de cerámica, grabadas, sutilmente, con el sonido de su propia extracción: ¿qué nos dicen?, ¿podemos oír? También las lajas están grabadas como si, sorprendidas dentro de su sueño, ofrecieran las marcas del despertar.

Una palabra se asienta en el paisaje: tonalidad y tono. Es un espectro hecho de las voces de habitantes de Tapalpa —forma que viene del náhuatl y significa tierra de colores— pero también de la voz de los grillos, las chicharras, los pastizales, del aire que mueve las coníferas y del canto de las aves. Los dibujos, en cuyos fondos hallaremos tierra, poseen, cada uno, un color único. Están compuestos mirando el espacio, escuchando su amplitud, su frecuencia, su resonar en el tiempo una y otra vez, como las pezuñas de los caballos fantasmales.

Tapalpa, palabra hecha de aperturas y fugas de aire, danza y se estremece. Tierra de colores. Lajas. Piedras. Nada sabemos de las gigantescas piedras —¿o deberíamos decir cantos?— que pueda ser traducido a lenguas humanas. Nada sabemos tampoco del origen de los colores de esta tierra. ¿Y si la ceniza que voló desde los volcanes y cayó hace miles de años hubiera sido la responsable de sus tonos?, ¿si los colores de este pueblo, en su origen, provinieran del fuego? Las piezas de la artista no buscan responder estas preguntas sino que las convocan.

Como una etnógrafa sonora o como una poeta del espacio —clasificaciones que acaso digan lo mismo—, Ana Paula sabe que un sonido inaccesible no deja de habitar el lugar donde nació; por eso construye una partitura hecha de ecos y desfases, de voces fugadas hacia atrás, hacia abajo, hacia adentro, hacia el corazón de la tierra. Y recupera sus chasquidos.


Pola Gómez Codina

Buenos Aires. Enero de 2026

Catálogo de Exhibición
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Una palabra se asienta en el paisaje 

January 2026
PALMA Gallery Guadalajara.


A Chromatic of Sound

How do earthly bodies communicate? Do they speak, perhaps, with the voice of the quarry, of the freshly extracted slabs? Then the minerals travel, does the belly of the pit sing its emptiness? Each slab is a tone that devours space in the breaking waves.

The territories don't think in words but in oxides, in fractures. There is a voice beneath the voices, beneath the earth, a voice-precipice. Ana Paula Santana dissects the landscapes until she composes a chromatic scale of mountain ranges and pine forests. The entire Mexican Trans-Volcanic Belt seems to stand up and breathe in these ceramic pieces, subtly engraved with the sound of their own extraction: what do they tell us? Can we hear them? The slabs, too, are engraved as if, surprised within their slumber, they offered the marks of awakening.

A word settles in the landscape: tonality and tone. It is a specter made of the voices of Tapalpa's inhabitants—a name derived from Nahuatl meaning "land of colors"—but also of the voices of crickets, cicadas, the grasslands, the air that stirs the conifers, and the birdsong. The drawings, in whose backgrounds we find earth, each possess a unique color. They are composed by gazing at space, listening to its vastness, its frequency, its resonating through time again and again, like the hooves of ghostly horses.

Tapalpa, a word made of openings and escapes of air, dances and trembles. Land of colors. Flagstones. Stones. We know nothing of the gigantic stones—or should we say, songs?—that can be translated into human languages. Nor do we know anything of the origin of this land's colors. What if the ash that flew from the volcanoes and fell thousands of years ago was responsible for its hues? What if the colors of this town, in their origin, came from fire? The artist's pieces don't seek to answer these questions; rather, they summon them.

Like a sound ethnographer or a poet of space—classifications that perhaps mean the same thing—Ana Paula knows that an inaccessible sound never ceases to inhabit the place where it was born; that's why she constructs a score made of echoes and phase shifts, of voices fleeing backward, downward, inward, toward the heart of the earth. And she recovers their clicks.


Pola Gómez Codina

Buenos Aires. January 2026


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